Los descubrimientos
de Atapuerca
Hasta hace 20 años, los arqueólogos remontaban
la llegada del género homo (Neanderthalensis) a Europa al 500.000-600.000 a.C.
Sin embargo, en 1994 se encontraron fósiles de una nueva especie de homínido
datado del 800.000 a.C. en la sima de la Gran Dolina (Atapuerca), al que
denominaron H. Antecessor. En 1998 se descubrieron en la sima de los huesos
restos del 400.000 a.C. de otra especie no conocida (H. Heidelbergensis). Estos
hallazgos replantearon la línea evolutiva, de forma que el H. Antecessor diera
lugar al H. Sapiens, por un lado, y al Heidelbergensis por otro –del cual
descendiera el neandertal-.
Además, en 2007 se encontró un molar fechado
del 1.200.000 a.C. que desconcertó a los historiadores sobre la primera
población de Europa.
Los primeros homínidos en llegar a la península
Ibérica se asentaron en la zona cantábrica, mediterránea y atlántica
portuguesa.
El paleolítico en la
península
Paleolítico inferior
(800.000-250.000)
A esta época pertenecen el H. Antecessor y posteriormente el Heidelbergensis.
Llevaban una vida de cazadores-depredadores
nómadas. No manejaban el fuego. Fabricaban hachas bifaces (piedra tallada). Se
cree también que practicaban el canibalismo.
Paleolítico medio
(250.000-35.000)
Período del H. Neanderthalensis.
Los neandertales eran más fuertes y robustos
que sus antecesores. También eran cazadores-depredadores y nómadas. Eran capaces de manejar el fuego. Cazaban animales mayores y
aprovechaban las pieles. Crearon instrumentos más sofisticados y practicaban ritos funerarios.
Paleolítico superior
(35.000-8.000)
Asociado al H. Sapiens (Cromagnon), especie que convivió con el neandertal.
Vivían en cuevas y en cabañas y se desplazaban
en búsqueda de caza. Tenían una dieta más variada, que incluía frutos, pescado
y marisco. Utilizaban huesos y cuernos para fabricar objetos que decoraban. Practicaban
enterramientos con ajuares. Fueron los primeros seres en crear arte. Destacan las pinturas rupestres
como las de la cueva de Altamira,
que representan animales y se caracterizan por su policromía. La teoría
mágico-simpática defiende que estos hombres creían que dibujar los animales
conllevaba una mayor posibilidad de cazarlos.
El neolítico en la
península (8.000-3.000 a.C.)
El período entre el 8.000 y el 6.000 a.C.
-denominado mesolítico- fue una transición entre el paleolítico y el neolítico
caracterizada por el aumento de temperaturas y la especialización de
utensilios.
El neolítico supuso un desarrollo procedente de
nuevos moradores que llegaban en
oleadas de Oriente Próximo, entre el
6.000 y el 4.000 a.C.
Comienza a practicarse la agricultura y la ganadería
en la península, lo que supuso la sedentarización.
Se crean útiles agrícolas y se desarrollan la cerámica y la piedra pulimentada.
Surge la especialización del trabajo y aparecen diferencias sociales.
Se diferencian 2 fases en las que predominaron
2 culturas.
Cultura de la
cerámica cardial (6.000 a.C)
Se caracteriza por sus cerámicas decoradas
mediante conchas de berberechos, muy numerosas en Cataluña, Levante y Andalucía. Predominaba la economía ganadera.
Cultura de los
sepulcros de fosa (4.000 a.C.)
Los hombres del neolítico llegan a las mesetas. De esta época son
característicos los sepulcros de fosa -tumbas individuales con ajuar- y la pintura levantina, que representa
escenas de grupo con figuras humanas y es monocromática y esquemática.
El calcolítico o edad
del cobre (2.500 a.C.)
Comienza el uso de los metales (cobre).
Cultura de Los
Millares (2.500-1.800 a.C.)
Se desarrolla en Murcia y Almería. Asentados en pueblos amurallados y fortificados,
tenían una agricultura de regadío muy avanzada y practicaban enterramientos
colectivos.
Cultura del vaso
campaniforme (2.200-1.700 a.C.)
Se extiende por toda Europa. Son representativas las vasijas cerámicas en forma de
campana invertida y los objetos de cobre que se depositaban como ajuares en las
tumbas.
Cultura de los
monumentos megalíticos (4.000-3.000 a.C.)
Los monumentos megalíticos –dólmenes, tumbas de
corredor, etc.- se construyeron en toda Europa. Se tratan de enterramientos
colectivos construidos con piedras y techados con una losa plana. En España
destacan en Andalucía oriental.
Cultura talayótica
(2.000 a.C.)
Presente en las islas Baleares. Los poblados se construían en torno a una torre defensiva
(talayote). También son
característicos los altares de sacrificio al aire libre (taulas) y las navaletas
–edificios con ábside que servían de enterramiento colectivo-.
La edad del bronce
(1.700-750 a.C.)
Cultura del Argar
(1.700-1.400 a.C.)
Evoluciona de la cultura de Los Millares. De
esta época se encuentran numerosos poblados y enterramientos colectivos en Almería y alrededores.
Cultura de los campos
de urnas (1.100-750 a.C.)
Procedente de Europa, entró en la península por
el noroeste. Se manifiesta sobre todo en Cataluña
y Aragón. Caracterizada por sus enterramientos en urnas cerámicas, con o
sin ajuar.
Los pueblos
prerromanos: las culturas del hierro y las colonizaciones
Las culturas del
hierro (800-218 a.C.)
Se mezclan las culturas nativas con la
influencia cultural del exterior. Las aportaciones técnicas y culturales del
exterior produjeron una diferenciación progresiva entre los pueblos mediterráneos y los de interior.
Los tartessos
Se situaban en Andalucía occidental y el sur de Portugal. Su economía se basó primero en la ganadería y
agricultura, y después en la minería. Su momento de mayor esplendor (900-700
a.C.) coincidió con el asentamiento de los fenicios,
quienes les ofrecieron productos manufacturados a cambio de metales. Gracias a
esta influencia fenicia, la sociedad evolucionó y se acentuaron los estamentos
sociales. A partir del 600 a.C. los tartessos entran en decadencia,
probablemente debido al agotamiento de los recursos mineros.
Los íberos
Se extienden por la costa mediterránea. Tenían una cultura bastante homogénea,
originaria de las culturas del Bronce e influenciada por griegos y cartagineses. Sus pueblos estaban fortificados y en zonas
elevadas. Vivían de la agricultura, ganadería y minería y del comercio. Los
pueblos estaban dirigidos por una élite
aristocrática que controlaba la producción y ejercía el dominio mediante las armas. Los ajuares
estaban llenos de armas y de exaltaciones a los guerreros. Practicaban ritos
religiosos y funerarios y eran grandes escultores. Destaca la Dama de Elche –urna funeraria del 400 a.C.-
Los celtíberos
Habitaban en ambas mesetas. Eran pueblos de economía agraria agrupados en poblados
pequeños pero fortificados y liderados por aristócratas. Destacaban por su metalurgia del hierro y su industria textil, constatada por los
romanos. Eran en realidad varios pueblos de los que se han encontrado restos
arqueológicos muy dispares (lusitanos, vascones, arévacos etc.).
Las colonizaciones
(800 a.C.-250 a.C.)
Se trataban de asentamientos breves por parte
de griegos, fenicios y cartagineses, cuyo objetivo era comerciar y obtener
minerales para sus civilizaciones.
Los fenicios
Se asentaron en Andalucía. Fundaron Gades (Cádiz) en el 1100 a.C., capital del comercio fenicio
con los tartessos. Construyeron factorías para comerciar con las minas del
interior (restos más antiguos del 800 a.C.), y posiblemente introdujeran la
metalurgia del hierro y el torno.
Los griegos
El único asentamiento seguro es Emporion (Ampurias), fundada en el 600 a.C. La convivencia con los iberos
era pacífica. Los griegos traían cerámicas, vino y aceite y exportaban sal,
esparto y telas de lino. El asentamiento creció y se amuralló entre el 500 y el
400 a.C.
Los cartagineses (púnicos)
Llegan a la Península en el 400 a.C. Se asientan en el sureste de
la Península y en Ebusus (Ibiza),
enfrentándose a griegos e iberos y aliándose con los fenicios. Se instalan en
factorías comerciales y controlan tanto las minas del interior (minas de Cástulo, en Linares) como la
navegación en el Mediterráneo occidental. Destacan las cerámicas y los objetos
funerarios, así como el culto a sus dioses. La mayor potencia en la Península
fue Cartago Nova (Cartagena).
Hispania romana
La conquista
duró del 218 al 19 a.C., y la
permanencia hasta el 500 d.C.
La 1ª Guerra Púnica
(264-241 a.C.)
Se desencadena debido a la lucha por Sicilia,
Córcega y Cerdeña entre cartagineses y romanos. Tras la derrota de los
cartagineses, estos decidieron ocupar la Península Ibérica en busca de riquezas
para saldar su deuda con los romanos.
La 2ª Guerra Púnica
(218-204 a.C.)
Roma no consintió la expansión de los
cartagineses, pues temía que se aliaran con los galos, atacándoles por el
norte. Por ello firmaron en el 225 a.C.
el Tratado del Ebro, en el que Roma
permitía a Cartago extenderse al sur del Ebro. Pero los cartagineses conquistan
Sagunto –aliado de Roma- y Roma declara la guerra. Aníbal (general cartaginés) comenzó una expedición a Italia,
llegando a las puertas de Roma. Roma envió a Publio Cornelio Escipión a Hispania, tomando Cartago Nova y
derrotando a Asdrúbal, hermano de Aníbal. Aliándose con los iberos, Escipión
consiguió expulsar a los cartagineses en el 204 a.C.
Las guerras
celtíberas y lusitanas y el fin de la conquista
Roma estaba en constante conflicto con los
pueblos indígenas debido a las campañas militares y a la recluta de
militares y esclavos. Hasta el 200 a.C.,
los romanos solo controlaban la zona del Mediterráneo y del Guadalquivir. Entre
el 155 y el 133 a.C. se desencadenaron dos guerras.
En el norte se sublevaron los celtíberos del
valle del Duero (arévacos y vacceos), con duras represalias romanas. La guerra
terminó con la caída de Numancia.
Los lusitanos también se enfrentaron al dominio
romano. En el 150 a.C. hubo una matanza de lusitanos desarmados. Durante los 11
años siguientes los lusitanos emprendieron una contienda dirigida por Viriato.
Pero este fue asesinado en el 139 a.C. y los lusitanos se rindieron.
En el 123 a.C. desembarcaron en Mallorca y
formaron dos colonias (Palma y Pollentia). Del 27 al 19.C., Augusto
finalizó la conquista de la península tras diversas guerras contra cántabros,
astures y galaicos. El motivo principal de la conquista era el control de las
minas de oro.
Organización del
territorio
En el 197
a.C., los romanos dividieron el territorio conquistado en dos provincias: Citerior (capital en Tarraco) y Ulterior (primero capital en Cartago
Nova, después en Corduba). Ambas eran gobernadas por magistrados romanos
elegidos por el senado.
La asimilación de la civilización romana fue
desigual. Las zonas mediterráneas y del Guadalquivir se adaptaron más rápidamente,
en parte gracias a que la aristocracia local colaboró con los romanos. Allí se
asentaron comerciantes y legionarios que llegaron de Italia, que se instalaban
apartados de las ciudades. A partir de César
empezó a otorgarse el estatuto de
ciudadanía a los hispanos de las ciudades más romanizadas.
En las mesetas, el proceso de dominio fue mucho
más lento y disperso.
Tras terminar la conquista, Augusto reorganizó
la administración en Hispania. Dividió el territorio en tres provincias: Bética, Lusitania y Tarraconense. Para
asegurarse el control del territorio, Augusto impulsó la urbanización, fundando
Emerita Augusta (26 a.C.) y Caesaraugusta (14 a.C.). Durante su
reinado se terminaron la Vía Augusta
y la Vía de la Plata. Por último, Augusto
extendió los derechos de los ciudadanos romanos y otorgó el estatuto de
municipios latinos a todas las ciudades hispánicas, con el Edicto de Vespasiano (72 d.C.).
Explotación económica
Al comienzo de la conquista, los romanos se dedicaban
a la captura del botín, pero pronto comenzaron a explotar los recursos.
Roma impuso un tributo a los iberos del 5%
sobre las cosechas, se apoderó de la producción y comercialización y obligó a
formar tropas para reforzar las legiones romanas.
Se apropiaron de las minas y las explotaron mediante esclavos. Destacaron las minas de
mercurio de Almadén.
La tierra
conquistada también era propiedad del Estado romano. A partir del s. I d.C. la tierra era
mayoritariamente de los terratenientes romanos, dando lugar a las villas trabajadas por campesinos
asalariados o por esclavos. Los productos estrella eran la vid, el olivo y el
trigo. En la ganadería destacaban vacas y cerdos.
En cuanto a la artesanía, se desarrollaron la cerámica y la industria de
salazones. Al principio, de Hispania solo se exportaban materias primas a
Italia, pero a partir del siglo I d.C. empezaron a exportarse productos
hispanos debido a su calidad.
Los romanos introdujeron muchos avances en el campo y en la artesanía:
el torno, el arado, los molinos, materiales de construcción, la extensión de
los regadíos, etc.
La romanización: la
sociedad y la cultura de Hispania
La sociedad hispana
Al principio del Imperio, la población de
Hispania era de 5-7 millones de habitantes, siendo los itálicos una minoría
respecto a iberos y celtíberos.
En los siglos
I y II d.C., la sociedad ya se parecía más a la romana, gracias a la
expansión del estatuto de ciudadanía. Había cuatro grupos sociales: la
aristocracia romana (senadores y
caballeros, componían la magistratura provincial), la aristocracia local (decuriones, formaban el consejo de la
ciudad y las magistraturas locales), los trabajadores libres (campesinos,
artesanos, soldados etc.) y los esclavos.
La cultura
Las ciudades eran el centro político, social y
cultural. Estaban unidas por una red de calzadas y destacaba su organización
espacial. Constituyen uno de los mayores legados de la península. No obstante
existía una diferencia entre el sur y este (más urbanizado) y la zona noroeste
(menos ciudades y más pequeñas).
Los romanos introdujeron el latín, primero entre la aristocracia y
por todo el imperio desde el siglo I d.C. Aunque la mayoría de las lenguas
prerromanas desaparecieron, al menos una pervivió, evolucionando en el euskera.
Los romanos también hicieron aportaciones en la literatura (Séneca) y crearon el derecho romano -otro gran legado- en el
cual se sustentan muchas de nuestras leyes actuales.
Respecto a la religión, los romanos implantaron sus creencias pero permitieron el
culto de los dioses indígenas.
La crisis del imperio
A partir del s. III d.C. comenzaron los síntomas de la crisis. Muchas minas se
agotaron y abandonaron y disminuyó la exportación de productos. Disminuyeron
las obras urbanas, creció la burocracia imperial y subieron los impuestos y los
precios. Las clases altas abandonaron las ciudades para huir del control
imperial y de las responsabilidades de las magistraturas, y las clases
bajas por el cierre de fábricas y la
subida de impuestos. Las villas crecieron, pues los propietarios se trasladaron
a vivir en ellas. Debido a la presión de los impuestos, muchos campesinos
libres entregaron sus tierras a los terratenientes a cambio de protección,
estableciendo con ellos una relación colono-domini.
A finales del s. III, se produjeron revueltas de campesinos (bagaudas), que se veían obligados a
entregar sus tierras para no arruinarse.
La disminución de las campañas de conquista
provocó la escasez de esclavos, que por otra parte mejoraron su situación,
acercándose a la de los colonos. Ambos grupos se convirtieron en una sola
clase, denominada campesinos siervos.
Las invasiones
bárbaras y la monarquía visigoda
Ya en el siglo IV había habido incursiones de
pueblos bárbaros, pero fue en el 409
cuando suevos, vándalos y alanos penetraron a la vez en Hispania, saqueando y
devastando ciudades. Roma pidió ayuda a los visigodos (aliados del reino de
Tolosa), que expulsaron y arrinconaron a los otros pueblos invasores. Los
visigodos consolidan su influencia a lo largo del s.V, y deciden independizar
Hispania del Imperio Romano de Occidente.
La formación de
estado visigodo y el control del territorio
A principios del s.VI, la mayor parte de los
visigodos se asentaron en la Península. No obstante eran una minoría de
100.000-200.000 frente a varios millones de hispanos. Debido a esto y al mayor
grado de desarrollo cultural de los hispanos, los visigodos asimilaron la
cultura hispanorromana.
No obstante, había en la Península una
considerable separación étnica. Los
nobles godos se apropiaron de 2/3 de las grandes propiedades, siguiendo el
sistema romano de hospitalitas. La ley que regía entre los visigodos (el Código de Ervigio) era diferente a la
de los romanos (Lex Romanum Visigothorum o Código
de Alarico). Los godos quedaron bajo la autoridad de sus propios
gobernantes (los Comes civitatis),
mientras que los romanos mantuvieron su administración de cargos. Por encima de
los gobernantes locales estaban los jefes militares de las provincias (duces) y los reyes (normalmente electos) asistidos por una corte. Rebeliones, golpes
de estado y luchas por la sucesión fueron constantes durante el reinado
visigodo.
Los godos compartieron la Península con los
suevos, a quienes habían arrinconado en Gallaecia, hasta que en el 585 Leovigildo acabó con el último rey suevo y anexionó el territorio.
A mediados del siglo VI, los bizantinos desembarcaron en el sur y conquistaron el
territorio entre Málaga y Cartagena, aprovechando las luchas por la sucesión.
Finalmente, unos 70 años después fueron expulsados por las campañas de Sisebuto y Suintila.
A principios del siglo VII, vascos y cántabros
no se dejaron dominar por los visigodos, por lo que se llevaron a cabo
constantes campañas militares en el norte.
La unificación
religiosa y jurídica entre visigodos e hispanorromanos
Entre los reinados de Leovigildo y Recesvinto (568-672)
se unificó el territorio, se derogaron las leyes que separaban a visigodos y
romanos y se unificó la religión. En el tercer concilio de Toledo (589),
el rey Recaredo renunció al cristianismo arriano y se convirtió al catolicismo,
lo cual afectó a toda la población. Con Recesvinto, los códigos civiles se
unieron formando uno común: el Liber
ludiciorum (653). Tras la
unificación de la iglesia, su papel adquirió importancia en la sociedad. Los
obispos pasaron a actuar como jueces e inspectores de impuestos, y los concilios se convirtieron en asambleas
legislativas donde los obispos ratificaban las decisiones de los reyes. La
iglesia se hizo con numerosas tierras y esclavos, aunque era controlada por la
monarquía.
Los judíos
eran respetados por la iglesia goda arriana, pero a partir de la unificación
religiosa, los reyes decretaron duras leyes contra los que se negaban a
convertirse al cristianismo.
De la cultura goda destacan los adornos en
tumbas y en exvotos (ofrendas a los dioses) como los de Guarrazar
y Torredonjimeno, que desaparecieron
tras la unificación de la iglesia. Los restos arquitectónicos se tratan de pequeñas
iglesias rurales del siglo VII: San Juan
de Baños, San Pedro de la Nave,
etc.
El más notorio escritor de la época fue san Isidoro de Sevilla, eclesiástico
católico y autor de Historia de Regibus Gothorum y Etimologías (una
enciclopedia).
El proceso de
feudalización y fin del reino
Continuó el proceso de fusión entre colonos y
esclavos para dar campesinos dependientes o siervos, que constituían la mayor
parte de la población.
La monarquía se debilitó frente a la nobleza.
Los terratenientes y la iglesia adquirieron gran poder, y la monarquía perdió
autoridad. Los nobles obligaron a los reyes dictar leyes a su favor y se
negaron a ofrecer siervos para sus tropas.
A finales del siglo VII surgieron luchas entre
grupos de nobles. Tras la muerte de Vitiza
(710) el noble Rodrigo dio un golpe de estado, y la aristocracia se dividió entre
sus seguidores y los de Agila. Esto
y la invasión árabe provocaron el derrumbamiento del reino visigodo.
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