domingo, 19 de octubre de 2014

Prehistoria y Edad Antigua

Los descubrimientos de Atapuerca
Hasta hace 20 años, los arqueólogos remontaban la llegada del género homo (Neanderthalensis) a Europa al 500.000-600.000 a.C. Sin embargo, en 1994 se encontraron fósiles de una nueva especie de homínido datado del 800.000 a.C. en la sima de la Gran Dolina (Atapuerca), al que denominaron H. Antecessor. En 1998 se descubrieron en la sima de los huesos restos del 400.000 a.C. de otra especie no conocida (H. Heidelbergensis). Estos hallazgos replantearon la línea evolutiva, de forma que el H. Antecessor diera lugar al H. Sapiens, por un lado, y al Heidelbergensis por otro –del cual descendiera el neandertal-.
Además, en 2007 se encontró un molar fechado del 1.200.000 a.C. que desconcertó a los historiadores sobre la primera población de Europa.
Los primeros homínidos en llegar a la península Ibérica se asentaron en la zona cantábrica, mediterránea y atlántica portuguesa.
El paleolítico en la península
Paleolítico inferior (800.000-250.000)
A esta época pertenecen el H. Antecessor y posteriormente el Heidelbergensis.
Llevaban una vida de cazadores-depredadores nómadas. No manejaban el fuego. Fabricaban hachas bifaces (piedra tallada). Se cree también que practicaban el canibalismo.
Paleolítico medio (250.000-35.000)
Período del H. Neanderthalensis.
Los neandertales eran más fuertes y robustos que sus antecesores. También eran cazadores-depredadores y nómadas.  Eran capaces de manejar el fuego. Cazaban animales mayores y aprovechaban las pieles. Crearon instrumentos más sofisticados y practicaban ritos funerarios.
Paleolítico superior (35.000-8.000)
Asociado al H. Sapiens (Cromagnon), especie que convivió con el neandertal.
Vivían en cuevas y en cabañas y se desplazaban en búsqueda de caza. Tenían una dieta más variada, que incluía frutos, pescado y marisco. Utilizaban huesos y cuernos para fabricar objetos que decoraban. Practicaban enterramientos con ajuares. Fueron los primeros seres en crear arte. Destacan las pinturas rupestres como las de la cueva de Altamira, que representan animales y se caracterizan por su policromía. La teoría mágico-simpática defiende que estos hombres creían que dibujar los animales conllevaba una mayor posibilidad de cazarlos.
El neolítico en la península (8.000-3.000 a.C.)
El período entre el 8.000 y el 6.000 a.C. -denominado mesolítico- fue una transición entre el paleolítico y el neolítico caracterizada por el aumento de temperaturas y la especialización de utensilios.
El neolítico supuso un desarrollo procedente de nuevos moradores que llegaban en oleadas de Oriente Próximo, entre el 6.000 y el 4.000 a.C.
Comienza a practicarse la agricultura y la ganadería en la península, lo que supuso la sedentarización. Se crean útiles agrícolas y se desarrollan la cerámica y la piedra pulimentada. Surge la especialización del trabajo y aparecen diferencias sociales.
Se diferencian 2 fases en las que predominaron 2 culturas.
Cultura de la cerámica cardial (6.000 a.C)
Se caracteriza por sus cerámicas decoradas mediante conchas de berberechos, muy numerosas en Cataluña, Levante y Andalucía. Predominaba la economía ganadera.
Cultura de los sepulcros de fosa (4.000 a.C.)
Los hombres del neolítico llegan a las mesetas. De esta época son característicos los sepulcros de fosa -tumbas individuales con ajuar- y la pintura levantina, que representa escenas de grupo con figuras humanas y es monocromática y esquemática.
El calcolítico o edad del cobre (2.500 a.C.)
Comienza el uso de los metales (cobre).
Cultura de Los Millares (2.500-1.800 a.C.)
Se desarrolla en Murcia y Almería. Asentados en pueblos amurallados y fortificados, tenían una agricultura de regadío muy avanzada y practicaban enterramientos colectivos.
Cultura del vaso campaniforme (2.200-1.700 a.C.)
Se extiende por toda Europa. Son representativas las vasijas cerámicas en forma de campana invertida y los objetos de cobre que se depositaban como ajuares en las tumbas.
Cultura de los monumentos megalíticos (4.000-3.000 a.C.)
Los monumentos megalíticos –dólmenes, tumbas de corredor, etc.- se construyeron en toda Europa. Se tratan de enterramientos colectivos construidos con piedras y techados con una losa plana. En España destacan en Andalucía oriental.
Cultura talayótica (2.000 a.C.)
Presente en las islas Baleares. Los poblados se construían en torno a una torre defensiva (talayote). También son característicos los altares de sacrificio al aire libre (taulas) y las navaletas –edificios con ábside que servían de enterramiento colectivo-.
La edad del bronce (1.700-750 a.C.)
Cultura del Argar (1.700-1.400 a.C.)
Evoluciona de la cultura de Los Millares. De esta época se encuentran numerosos poblados y enterramientos colectivos en Almería y alrededores.
Cultura de los campos de urnas (1.100-750 a.C.)
Procedente de Europa, entró en la península por el noroeste. Se manifiesta sobre todo en Cataluña y Aragón. Caracterizada por sus enterramientos en urnas cerámicas, con o sin ajuar.
Los pueblos prerromanos: las culturas del hierro y las colonizaciones
Las culturas del hierro (800-218 a.C.)
Se mezclan las culturas nativas con la influencia cultural del exterior. Las aportaciones técnicas y culturales del exterior produjeron una diferenciación progresiva entre los  pueblos mediterráneos y los de interior.
Los tartessos
Se situaban en Andalucía occidental y el sur de Portugal. Su economía se basó primero en la ganadería y agricultura, y después en la minería. Su momento de mayor esplendor (900-700 a.C.) coincidió con el asentamiento de los fenicios, quienes les ofrecieron productos manufacturados a cambio de metales. Gracias a esta influencia fenicia, la sociedad evolucionó y se acentuaron los estamentos sociales. A partir del 600 a.C. los tartessos entran en decadencia, probablemente debido al agotamiento de los recursos mineros.
Los íberos
Se extienden por la costa mediterránea. Tenían una cultura bastante homogénea, originaria de las culturas del Bronce e influenciada por griegos y cartagineses. Sus pueblos estaban fortificados y en zonas elevadas. Vivían de la agricultura, ganadería y minería y del comercio. Los pueblos estaban dirigidos por una élite aristocrática que controlaba la producción y ejercía el dominio mediante las armas. Los ajuares estaban llenos de armas y de exaltaciones a los guerreros. Practicaban ritos religiosos y funerarios y eran grandes escultores. Destaca la Dama de Elche –urna funeraria del 400 a.C.-
Los celtíberos
Habitaban en ambas mesetas. Eran pueblos de economía agraria agrupados en poblados pequeños pero fortificados y liderados por aristócratas. Destacaban por su metalurgia del hierro y su industria textil, constatada por los romanos. Eran en realidad varios pueblos de los que se han encontrado restos arqueológicos muy dispares (lusitanos, vascones, arévacos etc.).
Las colonizaciones (800 a.C.-250 a.C.)
Se trataban de asentamientos breves por parte de griegos, fenicios y cartagineses, cuyo objetivo era comerciar y obtener minerales para sus civilizaciones.
Los fenicios
Se asentaron en Andalucía. Fundaron Gades (Cádiz) en el 1100 a.C., capital del comercio fenicio con los tartessos. Construyeron factorías para comerciar con las minas del interior (restos más antiguos del 800 a.C.), y posiblemente introdujeran la metalurgia del hierro y el torno.
Los griegos
El único asentamiento seguro es Emporion (Ampurias), fundada en el 600 a.C. La convivencia con los iberos era pacífica. Los griegos traían cerámicas, vino y aceite y exportaban sal, esparto y telas de lino. El asentamiento creció y se amuralló entre el 500 y el 400 a.C.
Los cartagineses (púnicos)
Llegan a la Península en el 400 a.C. Se asientan en el sureste de la Península y en Ebusus (Ibiza), enfrentándose a griegos e iberos y aliándose con los fenicios. Se instalan en factorías comerciales y controlan tanto las minas del interior (minas de Cástulo, en Linares) como la navegación en el Mediterráneo occidental. Destacan las cerámicas y los objetos funerarios, así como el culto a sus dioses. La mayor potencia en la Península fue Cartago Nova (Cartagena).
Hispania romana
La conquista duró del 218 al 19 a.C., y la permanencia hasta el 500 d.C.
La 1ª Guerra Púnica (264-241 a.C.)
Se desencadena debido a la lucha por Sicilia, Córcega y Cerdeña entre cartagineses y romanos. Tras la derrota de los cartagineses, estos decidieron ocupar la Península Ibérica en busca de riquezas para saldar su deuda con los romanos.
La 2ª Guerra Púnica (218-204 a.C.)
Roma no consintió la expansión de los cartagineses, pues temía que se aliaran con los galos, atacándoles por el norte. Por ello firmaron en el 225 a.C. el Tratado del Ebro, en el que Roma permitía a Cartago extenderse al sur del Ebro. Pero los cartagineses conquistan Sagunto –aliado de Roma- y Roma declara la guerra. Aníbal (general cartaginés) comenzó una expedición a Italia, llegando a las puertas de Roma. Roma envió a Publio Cornelio Escipión a Hispania, tomando Cartago Nova y derrotando a Asdrúbal, hermano de Aníbal. Aliándose con los iberos, Escipión consiguió expulsar a los cartagineses en el 204  a.C.
Las guerras celtíberas y lusitanas y el fin de la conquista
Roma estaba en constante conflicto con los pueblos indígenas debido a las campañas militares y a la recluta de militares  y esclavos. Hasta el 200 a.C., los romanos solo controlaban la zona del Mediterráneo y del Guadalquivir. Entre el 155 y el 133 a.C. se desencadenaron dos guerras.
En el norte se sublevaron los celtíberos del valle del Duero (arévacos y vacceos), con duras represalias romanas. La guerra terminó con la caída de Numancia.
Los lusitanos también se enfrentaron al dominio romano. En el 150 a.C. hubo una matanza de lusitanos desarmados. Durante los 11 años siguientes los lusitanos emprendieron una contienda dirigida por Viriato. Pero este fue asesinado en el 139 a.C. y los lusitanos se rindieron.
En el 123 a.C. desembarcaron en Mallorca y formaron dos colonias (Palma y Pollentia). Del 27 al 19.C., Augusto finalizó la conquista de la península tras diversas guerras contra cántabros, astures y galaicos. El motivo principal de la conquista era el control de las minas de oro.
Organización del territorio
En el 197 a.C., los romanos dividieron el territorio conquistado en dos provincias: Citerior (capital en Tarraco) y Ulterior (primero capital en Cartago Nova, después en Corduba). Ambas eran gobernadas por magistrados romanos elegidos por el senado.
La asimilación de la civilización romana fue desigual. Las zonas mediterráneas y del Guadalquivir se adaptaron más rápidamente, en parte gracias a que la aristocracia local colaboró con los romanos. Allí se asentaron comerciantes y legionarios que llegaron de Italia, que se instalaban apartados de las ciudades. A partir de César empezó a otorgarse el estatuto de ciudadanía a los hispanos de las ciudades más romanizadas.
En las mesetas, el proceso de dominio fue mucho más lento y disperso.
Tras terminar la conquista, Augusto reorganizó la administración en Hispania. Dividió el territorio en tres provincias: Bética, Lusitania y Tarraconense. Para asegurarse el control del territorio, Augusto impulsó la urbanización, fundando Emerita Augusta (26 a.C.) y Caesaraugusta (14 a.C.). Durante su reinado se terminaron la Vía Augusta y la Vía de la Plata. Por último, Augusto extendió los derechos de los ciudadanos romanos y otorgó el estatuto de municipios latinos a todas las ciudades hispánicas, con el Edicto de Vespasiano (72 d.C.).
Explotación económica
Al comienzo de la conquista, los romanos se dedicaban a la captura del botín, pero pronto comenzaron a explotar los recursos.
Roma impuso un tributo a los iberos del 5% sobre las cosechas, se apoderó de la producción y comercialización y obligó a formar tropas para reforzar las legiones romanas.
Se apropiaron de las minas y las explotaron mediante esclavos. Destacaron las minas de mercurio de Almadén.
La tierra conquistada también era propiedad del Estado romano. A partir del s. I d.C. la tierra era mayoritariamente de los terratenientes romanos, dando lugar a las villas trabajadas por campesinos asalariados o por esclavos. Los productos estrella eran la vid, el olivo y el trigo. En la ganadería destacaban vacas y cerdos.
En cuanto a la artesanía, se desarrollaron la cerámica y la industria de salazones. Al principio, de Hispania solo se exportaban materias primas a Italia, pero a partir del siglo I d.C. empezaron a exportarse productos hispanos debido a su calidad.
Los romanos introdujeron muchos avances en el campo y en la artesanía: el torno, el arado, los molinos, materiales de construcción, la extensión de los regadíos, etc.
La romanización: la sociedad y la cultura de Hispania
La sociedad hispana
Al principio del Imperio, la población de Hispania era de 5-7 millones de habitantes, siendo los itálicos una minoría respecto a iberos y celtíberos.
En los siglos I y II d.C., la sociedad ya se parecía más a la romana, gracias a la expansión del estatuto de ciudadanía. Había cuatro grupos sociales: la aristocracia romana (senadores y caballeros, componían la magistratura provincial), la aristocracia local (decuriones, formaban el consejo de la ciudad y las magistraturas locales), los trabajadores libres (campesinos, artesanos, soldados etc.) y los esclavos.
La cultura
Las ciudades eran el centro político, social y cultural. Estaban unidas por una red de calzadas y destacaba su organización espacial. Constituyen uno de los mayores legados de la península. No obstante existía una diferencia entre el sur y este (más urbanizado) y la zona noroeste (menos ciudades y más pequeñas).
Los romanos introdujeron el latín, primero entre la aristocracia y por todo el imperio desde el siglo I d.C. Aunque la mayoría de las lenguas prerromanas desaparecieron, al menos una pervivió, evolucionando en el euskera. Los romanos también hicieron aportaciones en la literatura (Séneca) y crearon el derecho romano -otro gran legado- en el cual se sustentan muchas de nuestras leyes actuales.
Respecto a la religión, los romanos implantaron sus creencias pero permitieron el culto de los dioses indígenas.
La crisis del imperio
A partir del s. III d.C. comenzaron los síntomas de la crisis. Muchas minas se agotaron y abandonaron y disminuyó la exportación de productos. Disminuyeron las obras urbanas, creció la burocracia imperial y subieron los impuestos y los precios. Las clases altas abandonaron las ciudades para huir del control imperial y de las responsabilidades de las magistraturas, y las clases bajas  por el cierre de fábricas y la subida de impuestos. Las villas crecieron, pues los propietarios se trasladaron a vivir en ellas. Debido a la presión de los impuestos, muchos campesinos libres entregaron sus tierras a los terratenientes a cambio de protección, estableciendo con ellos una relación colono-domini. A finales del s. III, se produjeron revueltas de campesinos (bagaudas), que se veían obligados a entregar sus tierras para no arruinarse.
La disminución de las campañas de conquista provocó la escasez de esclavos, que por otra parte mejoraron su situación, acercándose a la de los colonos. Ambos grupos se convirtieron en una sola clase, denominada campesinos siervos.
Las invasiones bárbaras y la monarquía visigoda
Ya en el siglo IV había habido incursiones de pueblos bárbaros, pero fue en el 409 cuando suevos, vándalos y alanos penetraron a la vez en Hispania, saqueando y devastando ciudades. Roma pidió ayuda a los visigodos (aliados del reino de Tolosa), que expulsaron y arrinconaron a los otros pueblos invasores. Los visigodos consolidan su influencia a lo largo del s.V, y deciden independizar Hispania del Imperio Romano de Occidente.
La formación de estado visigodo y el control del territorio
A principios del s.VI, la mayor parte de los visigodos se asentaron en la Península. No obstante eran una minoría de 100.000-200.000 frente a varios millones de hispanos. Debido a esto y al mayor grado de desarrollo cultural de los hispanos, los visigodos asimilaron la cultura hispanorromana.
No obstante, había en la Península una considerable separación étnica. Los nobles godos se apropiaron de 2/3 de las grandes propiedades, siguiendo el sistema romano de hospitalitas. La ley que regía entre los visigodos (el Código de Ervigio) era diferente a la de los romanos (Lex Romanum Visigothorum o Código de Alarico). Los godos quedaron bajo la autoridad de sus propios gobernantes (los Comes civitatis), mientras que los romanos mantuvieron su administración de cargos. Por encima de los gobernantes locales estaban los jefes militares de las provincias (duces) y los reyes (normalmente electos) asistidos por una corte. Rebeliones, golpes de estado y luchas por la sucesión fueron constantes durante el reinado visigodo.
Los godos compartieron la Península con los suevos, a quienes habían arrinconado en Gallaecia, hasta que en el 585 Leovigildo acabó con el último rey suevo y anexionó el territorio. A mediados del siglo VI, los bizantinos desembarcaron en el sur y conquistaron el territorio entre Málaga y Cartagena, aprovechando las luchas por la sucesión. Finalmente, unos 70 años después fueron expulsados por las campañas de Sisebuto y Suintila.
A principios del siglo VII, vascos y cántabros no se dejaron dominar por los visigodos, por lo que se llevaron a cabo constantes campañas militares en el norte.
La unificación religiosa y jurídica entre visigodos e hispanorromanos
Entre los reinados de Leovigildo y Recesvinto (568-672) se unificó el territorio, se derogaron las leyes que separaban a visigodos y romanos y se unificó la religión. En el tercer concilio de Toledo (589), el rey Recaredo renunció al cristianismo arriano y se convirtió al catolicismo, lo cual afectó a toda la población. Con Recesvinto, los códigos civiles se unieron formando uno común: el Liber ludiciorum (653). Tras la unificación de la iglesia, su papel adquirió importancia en la sociedad. Los obispos pasaron a actuar como jueces e inspectores de impuestos, y los concilios se convirtieron en asambleas legislativas donde los obispos ratificaban las decisiones de los reyes. La iglesia se hizo con numerosas tierras y esclavos, aunque era controlada por la monarquía.
Los judíos eran respetados por la iglesia goda arriana, pero a partir de la unificación religiosa, los reyes decretaron duras leyes contra los que se negaban a convertirse al cristianismo.
De la cultura goda destacan los adornos en tumbas y en exvotos (ofrendas a los dioses) como los de  Guarrazar y Torredonjimeno, que desaparecieron tras la unificación de la iglesia. Los restos arquitectónicos se tratan de pequeñas iglesias rurales del siglo VII: San Juan de Baños, San Pedro de la Nave, etc.
El más notorio escritor de la época fue san Isidoro de Sevilla, eclesiástico católico y autor de Historia de Regibus Gothorum y Etimologías (una enciclopedia).
El proceso de feudalización y fin del reino
Continuó el proceso de fusión entre colonos y esclavos para dar campesinos dependientes o siervos, que constituían la mayor parte de la población.
La monarquía se debilitó frente a la nobleza. Los terratenientes y la iglesia adquirieron gran poder, y la monarquía perdió autoridad. Los nobles obligaron a los reyes dictar leyes a su favor y se negaron a ofrecer siervos para sus tropas.
A finales del siglo VII surgieron luchas entre grupos de nobles. Tras la muerte de Vitiza (710) el noble Rodrigo dio un golpe de estado, y la aristocracia se dividió entre sus seguidores y los de Agila. Esto y la invasión árabe provocaron el derrumbamiento del reino visigodo.

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